Los años 30 del siglo XX representaron para Colombia un proceso transformador en el campo de la economía, la educación y la cultura. Los gobiernos liberales de Olaya Herrera, López Pumarejo y Santos lideraron un proyecto de país moderno: uno que dejaba atrás las formas dominantes y excluyentes todavía arraigadas en las instituciones coloniales e invitaron a la sociedad a repensar sus formas de entender y percibir a Colombia.
En ese contexto, un nuevo país se nos ponía al descubierto y la naciente disciplina de la Antropología nos ayudaba a esbozarlo con sus primeras exploraciones profesionales al encuentro de una Colombia desconocida y no valorada. Gregorio Hernández de Alba (1904-1973) fue uno de estos pioneros. Etnólogo y arqueólogo de formación, emprendió un viaje revelador desde la Guajira hasta el extremo sur del país y su recorrido nos ofreció un nuevo punto de vista, otro enfoque y profundidad de campo.
Hernández de Alba llega al Alto Magdalena en 1936 y durante tres décadas nos entregó un trabajo juicioso y un valioso legado en la construcción de un pensamiento antropológico, su defensa irrestricta del mundo indígena, sus trabajos pioneros en arqueología y su compromiso riguroso en la constitución de las nuevas instituciones ocupadas de atender la formación y las tareas de los nuevos arqueólogos y antropólogos.
Sin embargo, no es sino en la última década que descubrimos el valor de sus fotografías permitiendo con su trabajo revelar la región del Alto Magdalena, embriagada de paisaje, atravesada por el río, la impronta de la estatuaria agustiniana y el rostro indígena y campesino de esta región de montaña.
La colección fotográfica de más de 4000 negativos ha sido redescubierta y entregada a las nuevas generaciones gracias a su hijo Carlos Hernández de Alba y a la labor titánica de su nieto Juan Pablo Hernández de Alba, que ha tenido la generosidad de alojar esta selección en la sala temporal del Museo del Río Magdalena.



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